EP. 3 En confianza con Heatwave | ¿Por qué los mexicanos somos alegres? Pt. 1
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De qué hablamos cuando hablamos de felicidad
En este episodio de En Confianza con Heatwave, la conductora Inés recibe a la psicóloga Azucena Armas, maestra en terapia corporal y orientación terapéutica familiar. Azucena tiene 25 años de experiencia como terapeuta familiar y de parejas, ha sido expositora en congresos relacionados con el tema de la familia y ha trabajado como catedrática en la Universidad Autónoma de Zacatecas y la Universidad Autónoma del Noreste. La conversación gira alrededor de una pregunta que parece sencilla pero tiene mucha profundidad: por qué los mexicanos somos alegres.
Para arrancar, Azucena define la felicidad desde dos ángulos. Desde la filosofía, Aristóteles decía que la felicidad era el fin último y más supremo de todo ser humano, aquello a lo que todos aspiramos y por lo que trabajamos. Desde la psicología, Freud planteaba que la felicidad era poder amar profundamente y trabajar en lo que amas. El amor sin el trabajo y el trabajo sin el amor no te llevan a la felicidad. La felicidad no es algo que se encuentra como un objeto perdido, sino un estado que se construye.
Lo individual y lo colectivo
Hay dos dimensiones que intervienen en la felicidad. La individual tiene que ver con elementos particulares del ser humano, incluyendo aspectos bioquímicos como los niveles de serotonina. Si hay un antecedente de depresión en la familia, por ejemplo, esa sustancia disminuye y la persona no puede vivir la felicidad como debería.
La dimensión colectiva es igual de poderosa. Cuando en tu comunidad sucede un terremoto, una tragedia o un duelo familiar, eso impacta directamente cómo te sientes. Cuando tiembla, todos los mexicanos nos sentimos preocupados y queremos ayudar. No andamos sonriendo ni haciendo bromas del tema.
Lo que necesita una población para ser feliz
Azucena enlista los ingredientes que necesita una comunidad para generar felicidad colectiva. El primero es el sentido de unión y pertenencia. Puedes vivir dentro de una familia y no sentirte parte de ella, y eso en sí mismo te hace sentir triste. Lo que importa es sentirte unido a tu comunidad, ya sea tu lugar de trabajo, tu barrio o tu país.
Después viene la calidad de las relaciones y la comunicación. La libertad también es fundamental: que puedas compartir abiertamente lo que piensas y crees. Una persona que se siente atada y limitada no va a ser feliz por muy bueno que sea el sistema donde vive. La confianza, la honestidad, la salud y el hacer el bien son los otros pilares.
La pirámide de Maslow y el confort térmico
Inés plantea una pregunta interesante: el dinero no da la felicidad, pero tener hambre o vivir en una situación de abuso tampoco te permite ser feliz. Azucena conecta esto con la pirámide de Maslow. Las necesidades básicas como el alimento, el cobijo, el abrigo y la seguridad de tener un techo tienen que estar cubiertas antes de que puedas pensar en pertenencia o bienestar emocional.
Y aquí entra algo que nos toca directamente. No puedes ser feliz cuando sientes mucho frío, cuando no puedes conciliar el sueño porque tu casa está helada. Lo mismo pasa cuando el calor y el bochorno son tan fuertes que no puedes estar a gusto. La condición climática determina el poder estar feliz. Hay estudios importantes que lo demuestran. Cuando hace mucho calor afuera y entras a un lugar con buen clima, dices "aquí me quiero quedar". Y cuando hace mucho frío y llegas a un lugar calientito, no quieres salir de ahí. Eso interviene directamente en nuestra capacidad de bienestar.
El secreto mexicano: tradiciones, humor y comunidad
Pese a todas esas variantes que complican el panorama, el mexicano encuentra la forma de ser feliz. Le saca provecho a la vida y encuentra felicidad en las cosas pequeñas. Azucena lo atribuye a varios factores que nos son propios.
Las tradiciones son el primero. El Día de Muertos es el ejemplo perfecto. No hay otro país que viva la muerte como nosotros. Honramos a nuestros muertos pero también nos reímos de la muerte. Hacemos poesía, arte, películas y canciones sobre ella. Escribir una calaverita o que te escriban una siempre termina en risas. El sarcasmo llega a otro nivel, pero todo mundo lo acepta y lo entiende.
El sentido del humor mexicano es único. Azucena cuenta el caso de una paciente sueca que se casó con un mexicano. La mujer dice que se enamoró de él por su sentido del humor. Lo vio tres horas y dijo "ya me quiero casar con él". Todo lo que veía en las películas sobre los mexicanos, el mariachi, la alegría, eso fue lo que la conquistó. Algo que ninguna otra nacionalidad le podía dar.
La fe es otro pilar. Las peregrinaciones, la devoción a la Virgen de Guadalupe. Y la comida: nadie nos gana en gastronomía. Cuando te ponen un platillo mexicano, unos tamales, unos chilaquiles, lo que sea, es un esbozo de felicidad. La comida nos remite a lo más profundo: al hogar, a la familia, a ese lugar donde nos sentimos bien.
El dolor también nos hace mexicanos
Así como nos reímos de la muerte, también nos reímos del dolor, y lo evadimos a través de la música, el mariachi, el alcohol. Son mecanismos de defensa. Pero el dolor es necesario sentirlo y vivirlo. Lo cantamos y lo dolemos. Cuántas canciones empiezan con tristeza y terminan brindando. Eso es lo que nos hace sentir vivos: poder experimentar profundamente toda la gama de emociones, desde la tristeza y la añoranza hasta la alegría y la nostalgia.
Valorar lo que tienes: la clave real
Mucha gente cree que la felicidad viene con los logros materiales. "El día que me compre mi casa voy a ser feliz", "el día que tenga mi coche", "el día que me vaya de vacaciones". Si dependes de tantas cosas materiales para ser feliz, algo estás haciendo mal.
El secreto real es valorar lo que tienes y aprender a ser feliz con las pequeñas cosas de tu día a día. Una pequeña felicidad más otra pequeña más otra pequeña van formando una gran felicidad. La felicidad no es una meta que se consigue ni un lugar al que se llega. Es un estado de bienestar que tiene que ver con pertenecer, con agradecer, con disfrutar del momento.
En el ranking mundial de felicidad, México está en la posición 24 de 176 países. No somos el país más rico del mundo, pero sí uno de los más felices. Porque valoramos la amistad, la lealtad, la familia.
La calidez mexicana: ADN de servicio
La sociedad mexicana es apapachona. Cuando notan que alguien de los suyos está bajoneado, inmediatamente buscan la forma de revertir ese sentimiento. Si ves a un amigo que está mal, vas por él al pozo y lo vas jalando. Eso es algo que damos por natural, pero no es así en todo el mundo. Hay culturas sumamente solitarias donde la gente ni siquiera se ve a los ojos.
Azucena, que estudió en el extranjero e hizo prácticas en Italia, confirma que ni los italianos, con toda su tradición familiar, nos ganan en calidez. Los mexicanos tenemos un inconsciente colectivo que nos caracteriza, un ADN de servicio. Estar al pendiente de lo que el otro necesita es algo que llevamos desde siempre. Por eso los mejores meseros del mundo son mexicanos: somos los más abiertos y serviciales.
La campaña de Heatwave, "El calor de México", se refiere justamente a esto. No solo al clima cálido, sino a la calidez de nuestra gente, a la forma en que apapachamos, queremos y salimos adelante de situaciones adversas gracias a mantenernos unidos.
La familia mexicana y la infancia feliz
Los mexicanos permanecemos más tiempo con nuestra familia que en otros países, donde a los 18 años ya te fuiste y no vuelves. Eso puede verse desde afuera como inmadurez, pero en realidad nos da características de fortaleza. Un niño que crece con el soporte de su familia va a ser un ser humano mucho más sano emocionalmente.
Todos los estudios sobre psicopatología muestran que cuando algo falló, el fallo estuvo en el vínculo con la madre o los padres durante la primera infancia. Si como mexicanos aportamos ese calor emocional, ese sustento, estamos generando mayor bienestar y felicidad. No necesitas cosas. No es el tener lo que te hace feliz, sino el ser y el pertenecer.
Genética, geografía y decisión
La felicidad viene por dos caminos: genética y geografía. Incluso dentro de México se nota. Los norteños son más abiertos y directos, a veces dicen que hablan rudo pero son cálidos. Los sureños son muy hospitalarios pero no tan francos. La geografía y el clima determinan cómo se viven las cosas. No es lo mismo vivir en Canadá con un frío que no te deja salir, que vivir en México.
Pero hay algo más. Inés comparte una historia personal muy poderosa. Su mamá fue diagnosticada con una enfermedad degenerativa que fue consumiendo la mielina de sus neuronas. Terminó cuadrapléjica, con dolores de trigémino, necesitando a alguien las 24 horas. Pero cuando recibió el diagnóstico, tomó una decisión: "Esta enfermedad se va a apoderar de mi cuerpo, pero jamás se va a apoderar de mi voluntad". Y fue una mujer feliz hasta el último día de su vida. Lejos de llegar a su casa y sentir pesadumbre, visitarla era llenarte de energía, de pasión, de alegría.
Esa historia ilustra algo que Azucena resume como el cierre perfecto: la felicidad también es una decisión personal. No son las circunstancias, no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa lo que determina qué tan felices o infelices vamos a ser.